Author Topic: Vocabulario bilbaino  (Read 2667 times)

Rober

  • Usuario Avanzado
  • ****
  • Posts: 565
Vocabulario bilbaino
« on: June 28, 2009, 14:34:09 PM »
De El Correo...

VIZCAYA
Vocabulario bilbaíno
Don Emiliano Arriaga fue el artífice de una obra en la que recopiló palabras y expresiones propias de los habitantes de la villa




Uno de los culpables de que Bilbao sea considerado un universo particular, diferente a todo lo conocido hasta ahora, fue, sin duda alguna, don Emiliano de Arriaga. Nacido en 1844, en Artecalle, ejerció con profesionalidad y devoción su condición de bilbaíno. Pocos como él han descrito el ambiente, las costumbres, los tipos y todos aquellos elementos consustanciales al ser de la Villa. Su hábil escritura y su magistral uso y conocimiento de la palabra le permitieron detallar con una originalidad absoluta los elementos definitorios de Bilbao. De ahí que para entender el sentimiento de pertenencia que todo bilbaíno manifiesta por su villa convenga leer al bueno de Arriaga. No queda más remedio. Y es que, de alguna manera, fueron gentes como don Emiliano las que establecieron una diferencia muy clara entre ser de Bilbao y ser de otros lugares. Más aún. A través de sus escritos es fácil adivinar que es la villa bilbaína la que hace a sus gentes sin exigirles nacimiento alguno, como si con ello reivindicase que los sentimientos de pertenencia a un colectivo surgen de la elección personal y no del destino. Quizá por eso se afirma, de forma muy chirene, que los de Bilbao nacemos donde queremos.
En 1896, don Emiliano Arriaga publicó su 'Lexicón etimológico, naturalista y popular del bilbaíno neto'. Aquella primera edición, impresa en la Tipografía de Sebastián Amorrortu, de Bilbao, constó de quinientos ejemplares costeados por el propio autor. Años más tarde, y gracias a los sabios consejos de amigos y conocidos, entre ellos el propio Miguel de Unamuno, preparó una segunda edición que, por desgracia -don Emiliano falleció en 1919-, no pudo ver la luz. Sin embargo, su hijo, José de Arriaga, se encargó de publicarla en 1960. La noticia de esa edición llegó hasta México, donde se hallaba un exiliado llamado Indalecio Prieto que no dejó pasar la ocasión para alabar y comentar la obra. «Don Emiliano de Arriaga no se contentó con recopilar vocablos bilbaínos y señalar su origen -dejó escrito el viejo socialista-, sino que, prescindiendo de definiciones esquemáticas y saliéndose del campo etimológico, extendióse en consideraciones, unas veces históricas y otras humorísticas». Como buen ejemplo de lo dicho, Prieto se refirió al uso y significado que en el Lexicón se da al vocablo mocordo. Una descripción deliciosa, «si no se tratara de materia maloliente», apuntó. Ignoro si, pasados los años, el gusto de don Indalecio coincide con el nuestro pero, ciertamente, hay que reconocer que la descripción del vocablo es sugestiva y, por qué no decirlo, hasta elegante. 'Mocordo', según Arriaga, es un vocablo procedente del euskera que los bilbaínos utilizaban para referirse a una defecación humana «siempre que sea producto de persona robusta y sanota y aparezca según su calibre ya a modo de chorizo, de morcilla, o de lingote ligeramente curvo, bien enjuto y solidificado..» No se detiene ahí la descripción que llega a recordar la existencia de auténticos profesionales de la mocordología, los cuales llegaban a diferenciar los mocordos de hembra y de varón.
Materia maloliente
Otra de las características de los bilbaínos castizos era que usaban la 's' en lugar de la 'z' y la 'c', lo que les llevaba a utilizar, por ejemplo, el verbo 'hacer' de forma bastante antigramatical. Ciertamente, esta singularidad se perdió con el tiempo, sobre todo, a raíz de la llegada de los inmigrantes, los cuales obligaron a recuperar la corrección en esa cuestión. No obstante, ésa es una de las condiciones que todo el que quiera hablar en bilbaíno debe de cumplir. Un buen ejemplo de ello es esta canción: «¡Ené, qué risas hisimos/al pasar por el Sendeja!/Chalos y todo nos hiso/desde el balcón una vieja». Esta pieza, que fue popularizada por el grupo Los Bocheros -del botxo, pues así se conocía a Bilbao-, contiene, además de ese particular uso de la 's', léxicos propios de la villa, tales como ené, exclamación de júbilo y chalos que significa aplausos y que, además, aún se usa mucho con los niños pequeños. Por cierto, para los niños y las niñas, el lenguaje bilbaíno aún mantiene palabras propias, muy de aquí, como el término chori, con el que se indica «burlescamente los moñitos que atados con cintas, se forman en las cabezas a las niñas que aún tienen corto el pelo».
Una de la virtudes del Lexicón de Arriaga es la de incluir voces puramente castellanas -dejaba claro así que el habla del bilbaíno era producto del mestizaje-, y que, curiosamente, como apuntó Indalecio Prieto, ya no se usaban en el resto de España. Buena muestra de ello son arlote, arrecho y lerdo. El primer término, arlote, es una palabra que durante mucho tiempo llevó a la confusión por creer algunos que provenía del euskera. Nada más lejos que eso. La palabra en cuestión «es castizamente castellana, pero tan anticuada que casi no se usa más que aquí, donde se aplica al hombre vago, perdido, sin vergüenza, de esos que se ponen el mundo por montera». Fue el euskera el que adoptó el vocablo, posiblemente procedente del bilbaíno, y con el que se designaba al vagabundo desaliñado y desarrapado. Por cierto, en Bilbao dicho vocablo, reconoció Prieto, nunca se usaba como insulto, sino que se aplicaba más bien a aquellos que se «ponían el mundo por montera». Iparraguirre y Adolfo Guiard, fueron dos genios calificados como arlotes.
En cuanto a arrecho, es un vocablo que significa lo mismo en bilbaíno que en castellano, es decir, tieso, erguido y brioso, a lo que Arriaga añadió «bien portado, entero, varonil y enérgico». También hay coincidencia con lerdo. Para un bilbaíno y para un castellano es idéntica cosa, a saber, alguien «tardo y torpe para comprender o ejecutar una cosa». Aunque, curiosamente, ha habido gentes nada torpes que han portado dicha voz en su nombre, como el famoso Lerdo de Tejada, que de lento no tenía un pelo y el ínclito bilbaíno de pro 'Pitolerdo', un maestro que enseñó a tres generaciones. Aún así, el término Pitolerdo se utilizaba para denominar a alguien que se pasaba de lerdo, o sea, «al lerdísimo o archilerdo».